Su escaramuza habría resultado mejor de no haber sido por el ruido que causó la lanza del soldado al caer. Sin perder un segundo, la misteriosa dama montó sobre su corcel y clavó sus espuelas con vigor. En algún lugar del castillo, una campana empezó a tañir.

Antes de llegar a la mitad del patio, gritos y carreras le anunciaron que había sido descubierta. Varios soldados con antorchas intentaron cortarle el paso, pero cayeron bajo los cascos de su caballo. Aún no había salido del patio de las caballerizas y le faltaba cruzar el patio del pozo para poder alcanzar la reja principal.

-¿Dónde está? -gritó una voz por encima del estruendo-. ¿Cómo pudo escapar?

La fugitiva levantó su rostro y vio bajar por las escaleras de piedra a un hombre alto, de barba y que trataba de colocarse las últimas piezas de su negra armadura sin mucho éxito. Le seguían al menos una docena de guardias.

Sin soltar las riendas de su caballo, la misteriosa dama buscó bajo los pliegues de su capa. Levantar la ballesta, apuntar y disparar fueron una misma cosa. Y en medio de aquella oscuridad iluminada sólo por el pálido resplandor de la antorchas, la flecha buscó su blanco.

El caballero tuvo sólo unos pocos segundos para reaccionar, pero no fueron suficientes. La metálica punta de la flecha cruzó su cara por debajo de su ojo izquierdo, dejando una larga y profunda herida en su mejilla. Todos los soldados enmudecieron.

-Eso es para que no te olvides de mí -gritó la mujer-. Pagarás por todo lo que haz hecho, Kargan.

-¡Te mataré, Shara! -gritó Kargan-. ¡Juro que te mataré!

-Pero primero tendrás que intentarlo -respondió, al tiempo que clavaba sus espuelas en su corcel.

Antes de que los guardias pudieran reaccionar, Shara había cruzado entre ellos, dirigiéndose hacia la reja principal de la fortaleza. A sus espaldas podía escuchar los gritos de Kargan, ordenando que la atraparan a toda costa. Una lluvia de flechas disparadas por los centinelas cruzó por encima de su cabeza.

-¡Cierren la reja! -ordenó Kargan-. ¡Cierren la reja!

Sin embargo, los guardias en la entrada de la fortaleza apenas habían reaccionado a la alarma, y sólo algunos metros separaban a Shara de la libertad. Lentamente dos esclavos comenzaron a mover la gran rueda que hacía funcionar los mecanismos que abrían y cerraban la reja. Pero eran demasiado lentos para la premura de Kargan. Y él lo sabía.
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Kalomaar