Con la angustia en sus ojos, Kargan arrebató la lanza del soldado que tenía más cerca, la levantó y con todas sus fuerzas la lanzó hacia la reja. Por un momento Shara vió algo borroso y largo cruzar sobre ella, para clavarse de lleno en la soga que sujetaba la reja. Y el tiempo pareció correr más lento, casi hasta detenerse.

Los esclavos huyeron asustados, mientras la gruesa soga comenzaba a romperse a medida que las múltiples cuerdas que la formaban se soltaban una a una. Súbitamente la soga se cortó con un estampido, y la noche se llenó de chirridos que delataban el escalofriante ruido del metal que choca con la piedra. La reja, con sus afiladas púas, comenzó a caer sin control.

Horrorizada, Shara apuró con mayor fuerza a su caballo, mientras veía cómo se acercaba más y más a la reja que amenazaba con cerrar su paso. Apenas quedaba espacio para que pasara un jinete. Toda la guardia corría detrás de ella.

Súbitamente y en una maniobra que el mismo Kargan no logró ver completamente bien, Shara desmontó y afirmada sólo en las riendas y el estribo derecho, pasó junto a Tempestad a escasos centímetros de las afiladas púas. Entonces la reja cayó con un ensordecedor estruendo, levantando una gran nube de polvo. La entrada principal a la fortaleza Varkaang estaba cerrada.

Unos metros más allá, a medio camino del bosque, Shara se detuvo. Al cruzar había sentido un fuerte tirón que casi la había hecho perder el equilibrio. Las púas de la reja habían desgarrado su manto, dejándolo reducido sólo a jirones. Shara pensó que el precio por salir viva había sido mínimo. A lo lejos, los gritos de los soldados a través de los barrotes de la gigantesca reja no pudieron menos que darle risa. Y soltó una dulce carcajada que el viento llevó hasta Kargan.

-¡Levanten la reja, malditos! -gritó-. ¡Háganlo o les cortaré la cabeza con mi espada!

-Mi señor Kargan -dijo un soldado arrodillándose a sus pies-, la soga quedó cortada con vuestra lanza. Es demasiado pesada y no podremos levantarla... hasta mañana.

Kargan lanzó maldiciones en lenguas que nadie pudo comprender. Su prisionera había escapado y tenía una misión incompleta. Estaba en grandes problemas. La ira se podía ver claramente en sus ojos, y nadie que realmente apreciara su vida, quiso cruzarse en su camino esa noche.

Ya en la seguridad del bosque, Shara condujo a Tempestad a paso más tranquilo, hasta que un dolor en su hombro derecho la hizo detenerse. Una de las tantas flechas disparadas había logrado clavarse en uno de los puntos débiles de su armadura. La cota de malla estaba rota y de la herida manaba sangre.
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