ILA FUGALa noche lo envolvía todo. Incluso al imponente castillo que desde lo alto de una ladera, se levantaba vigilante sobre el valle. Sólo las antorchas en la reja principal delataban la existencia de vida al interior de la fortaleza Varkaang. Sin embargo, no todo estaba en calma tras sus gruesas y antiguas murallas. Ninguno de los vigías había reparado en la silenciosa sombra que, deslizándose lo más cerca posible de los muros, había recorrido el largo trayecto entre la escala que conducía a los calabozos y el patio en que se encontraban las caballerizas. Allí, al advertir la presencia de un guardia, la sombra se detuvo. El guardia hacía su ronda de mala gana, pensando en que podría estar junto a sus compañeros bebiendo y cantando, en vez de padecer el frío y la humedad de esa noche. Absorto en las quejas que mascullaba, siguió su camino hacia el pozo. Tal vez si sus jóvenes e inexpertos ojos hubiesen puesto más atención, habrían distinguido a la sombra adherida al muro. Y habría descubierto que no se trataba de una sombra, sino de una figura humana, envuelta en una capa que cubría su cabeza con una capucha. La figura no reanudó su camino, a pesar de que el guardia había abandonado el lugar. Por el contrario, esperó algunos instantes hasta que oscuras nubes ocultaron a Iser y Berón, las dos lunas que con su luz alargaban las sombras de torres y árboles. Cuando todo quedó envuelto por la oscuridad, la figura cruzó corriendo el adoquinado patio, hasta alcanzar la puerta de las caballerizas. Una vez dentro, sólo con la luz de una vela, se dirigió hasta el penúltimo establo, donde se encontraba un caballo negro como esa misma noche, que en su frente lucía una mancha blanca con forma de estrella. Fue en ese instante cuando la figura levantó su capucha para dejar al descubierto una hermosa cabellera roja. -Hola Tempestad -dijo la mujer, al tiempo que tomaba las riendas-. Espero que hayas comido, porque no tenemos mucho tiempo. Lentamente guió el caballo hasta la puerta, esperando que los montoncitos de paja en el suelo pudieran ahogar el ruido de sus cascos. Pero casi al llegar al patio, la esbelta mujer distinguió al guardia del cual se había ocultado antes, caminando directamente hacia ellos. Y apagó la vela de un soplido. -Debí dejar cerrada la puerta -pensó, mientras su mano enguantada buscaba a tientas en el suelo. Sus dedos se cerraron sobre un leño no muy pesado, justo cuando el guardia llegaba hasta la puerta, caminando a tientas en la oscuridad. Sólo alcanzó a dar tres pasos dentro de la caballeriza, cuando la mujer descargó dos certeros golpes sobre su cabeza, partiendo el leño. |
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